Cuantos más entren en el estercolero, mejor.

Ayer se montó un follón épico por culpa de la histérica de mi ex jefa (nunca la palabra «ex» había sonado tan dulce). Cierto es que yo no contestaba sus llamadas porque me producía angustia el pensar en el teléfono, cierto es que los había bloqueado a ambos y que pensaba llamarlos cuando me sintiese mejor, no es menos cierto que por Whatsapp le había dicho a ella que no podía hablar y que llamaría en cuanto pudiese hacerlo. Más cierto aún es que tenía 38,50C de fiebre y que no estaba para hablar con nadie mientras no me hiciesen efecto los chutes de paracetamol. Entre eso y que, francamente, no me atrevía a hablar con semejante loca y necesitaba reunir valor, pues… se montó la gorda.

Cuando empecé a trabajar, lo hice recomendada por una tercera persona. Ella no conocía a esta mujer tanto como para poner la mano en el fuego por ella, aunque tampoco me conoce a mí, todo hay que decirlo. El caso es que mi ex jefa llamó a esta tercera persona para pedirle el teléfono de mi madre porque no conseguía localizarme. Por supuesto, no obtuvo lo que quería, pero aprovechó para colar una mentira: que el mes pasado incluso me habían pagado de más cuando, en realidad, me descontaron medio mes porque no empecé el día 1, sino el 8. Y, según ella, no trabajé todas las tardes, cuando sí trabajé las tardes que habíamos acordado: dos por semana. Y no porque ellos trabajasen, sino porque querían dormir la siesta y el niño les estorbaba. Este mes no sé cómo me habrían pagado, si es que lo hubiesen hecho, porque no piensan pagarme nada. Vamos, que según ellos ya lo cobré el 1 de octubre y el argumento es el mismo que usaron para pagarme medio mes. Y no es que esperase cobrar, conste. Me lo veía venir.

Lo que más me fastidia de todo esto, es que se implique a terceras personas en un asunto que podríamos haber resuelto fácilmente nosotras dos. Obviamente, estoy convencida de que hoy aprovechará para buscar a esta persona y ponerme a caldo enarbolando una verdad que tiene poco que ver con la realidad. Y lo que me apena es no haber guardado todos los mensajes, porque al bloquearla en Whatsapp me envié a mí misma una copia de las conversaciones al correo, pero he visto que no están todos. Para estas cosas debería ser más lista y conservarlos, pero de cuando en cuando hago limpieza en el teléfono y lo primero que vuelan son las conversaciones porque, en general, no tienen importancia: quedamos tal día, llámame para quedar cuando puedas, nos vemos a tal hora… cosas banales. En una de estas limpiezas me llevé por delante algunas de sus perlitas y no estoy segura de si queda alguna, porque es que no quiero ni leerlas.

Lo malo de estas cosas es que, al final, todo se queda en su palabra contra la mía. No hay un recibo, una nómina ni nada firmado que demuestre el tema de los pagos o que las cosas que ella dice no son ciertas y las que yo digo sí. Tengo, eso sí, como testigo a mi madre de las llamadas que me hacía, de la angustia que me producía el teléfono, de ver como lo apagaba en cuanto salía de trabajar y lo mantenía apagado todo el fin de semana, de la angustia que me producía encenderlo el domingo por la noche y lo mal que lo pasaba cuando sonaba. Creo que esto por sí solo refleja mejor que las palabras lo que he pasado en esa casa y muestra claramente que no miento. Pero claro, cuando se trata de dos palabras enfrentadas sin ninguna prueba, es difícil demostrar quién dice la verdad y quién no.

Ayer, en cuanto recibí el mensaje en el que me decía que no me pagaría y le di respuesta, la bloqueé a ella y al marido en Whatsapp, tal y como tenía bloqueadas las llamadas entrantes para no morirme de la angustia. Los desbloqueaba mientras estaba trabajando y, en cuanto salía del portal, los bloqueaba de nuevo (de hecho, aprendí a bloquear llamadas gracias a ellos). Dejaba el Whatsapp por si sucedía cualquier cosa. Otra cosa que hice fue cambiar el tono de llamada, porque no creo que pueda escuchar de nuevo la canción que tenía sin sentir una angustia atroz. Y me gustaba mucho, la verdad.

Por quien más lo lamento es por la tercera persona implicada, que no sólo no tiene nada que ver en todo esto ya que fue una simple intermediaria, sino que además tendrá que aguantar a la loca esta durante un tiempo, ya que trabajan en el mismo colegio.

Yo entiendo que se cabrease porque se quedaba colgada con el niño, pero no entiendo que no resuelva las cosas de forma discreta y se vea en la necesidad de envolver a más personas en algo que atañe sólo a tres personas: a ella, a su marido y a mí. Lo que más me fastidia de todo esto, es que mi madre trabaja para esta tercera persona, con lo cual ya hay dos personas más implicadas en algo que no tiene nada que ver con ellas.

Yo, desde luego, seguiré siendo discreta. No voy a entrar en un juego en el que nadie gana y todos los que se implican pierden. Voy a mantener lo que ya dije ayer: «ella que diga lo que quiera, porque ambas sabemos la verdad». Empezar a defenderme y a gritar a los cuatro vientos la verdad sólo removerá más la mierda que, por sí sola, ya apesta un rato.

Si al final, los trabajadores también tendremos que pedir referencias.

 

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Cuando el trabajo merma tu salud.

Hay cosas que un trabajador no debería vivir jamás y, por supuesto, tampoco soportar, aunque esto es más difícil, ya que uno tiene que ganarse el pan, ¿verdad? Y, en ocasiones, se cae en el servilismo simplemente porque quieres ganarte el jornal. Pero, cuando ya ves que trabajas con torpeza, que ni rindes ni haces bien las cosas por puro nerviosismo, entonces es que hay un problema.

¿A qué viene este rollo? Pues a que hoy he dejado mi trabajo. No lo hice de la mejor forma, también es verdad, pero es que el pensar en enfrentarme a mi jefa, me ponía enferma (no es un eufemismo, es algo físico y muy real). En un principio pensé en darles un tiempo para que encontrasen a alguien para que se encargase del niño, pero luego pensé en lo que he vivido en esa casa y decidí hacerlo así aprovechando que hoy el niño estaba en casa de sus abuelos.

No, no me siento orgullosa, pero al menos no tengo esa ansiedad que me estaba matando.

Veréis, yo había trabajado en casas antes y bueno, me he encontrado con algunas cosas que… en fin, dan ganas de tirarse de los pelos. Pero nunca, jamás, never, me había encontrado con lo que me encontré en esta casa:

1 – Las manías:

A ver, todos tenemos nuestras manías y claro, nadie va a hacer las cosas como las hacemos nosotros. Además, hay gente más quisquillosa que otra. Pero una cosa es eso y otra cosa es que, si tú no sabes hacerlo, exijas a alguien cosas que, en ocasiones, rozan lo irracional. Una persona realmente quisquillosa no dejaría las manchas de papilla en los azulejos, las patas de la mesa de la cocina y dos sillas durante tres días, esperando a que llegue la niñera para que lo limpie. Tampoco dejaría los pañales en el suelo hasta que llegase la niñera para recogerlos, ni pondría una papelera al lado del cambiador donde se fuesen acumulando pañales y pañales hasta que la niñera no soportase más el olor y decidiese quitar la bolsa y llevarla al contenedor por temor a morir intoxicada.

Una persona realmente quisquillosa no obligaría a la niñera a secar los biberones del crío con un paño que lleva una semana colgado de un gancho y que «se reserva para las cosas del niño».

Una persona quisquillosa (mi madre lo es), prefiere hacerlo a que se lo hagan, porque nadie lo va a hacer mejor que ella.

2 – El respeto o la ausencia de él:

No sé qué le pasa a la gente que contrata a otras personas para que hagan las labores domésticas, que pierden el respeto tan pronto como la persona empieza a trabajar. Y que me perdone esta gente, pero es un trabajo de lo más honrado, ¿eh? Aunque las condiciones leoninas en las que se trabaja digan lo contrario.

Vamos a ver, yo no necesito que una petarda enganchada a algo taaaan culto como «Mujeres, hombres y viceversa» o como demonios se llame el programita de los webs, me mire por encima del hombro y me trate como un trozo de mierda.

Hay muchas cosas que hacen los empleadores de este mundillo y que tú asumes que sucederá porque, como ya lo has vivido otras veces, pues no te pilla por sorpresa, pero eso no quiere decir que no sea una falta de respeto. Sin embargo, hay otras que claman al cielo como, por ejemplo, los kleenex de limpiarse el chimichurri después de follar tirados en la cama (¿¿??), los condones tirados de cualquier manera en el suelo o bien expuestos sobre la mesita de noche, las bragas sangradas tiradas en el baño, los pijamas malolientes…

Hay cosas absolutamente desagradables que acaban curtiéndote el estómago, pero otras ni siquiera llegan a curtirte los nervios, y es el trato. Esa forma de hablarte en la que te hacen de menos por el simple hecho de trabajar en lo que trabajas, esa soberbia que las lleva a decirte barbaridades o, incluso, insultarte…

Y luego está la desconfianza, esa actitud que es absolutamente irrespetuosa hacia una persona que simplemente va a hacer su trabajo y no tiene ni tiempo de sentarse y mucho menos de mostrar interés por la vida de los demás.

«Es que, como comprenderás, no sabemos si entras en el ordenador y andas en nuestras cuentas bancarias»

«Es que, una vez que salimos, no sabemos si…»

No hay nada peor que decirle eso a alguien que trabaja para ti. Es una grandísima falta de respeto, no sólo por la desconfianza, sino porque es una gran afrenta a tu honor. Y, francamente, a mí me importa tres cojones lo que esta gente tiene en su casa, yo voy a trabajar, no a marujear vidas ajenas que me interesan menos que la uña del dedo gordo de mi pie derecho.

Cuando tu empleador te dice algo así, la incomodidad es mayúscula, sobre todo cuando tienes que trabajar.

«Pero vamos, que yo confío, ¿eh?»

Esta frase que, aunque parece positiva, es del todo negativa porque te dice que no confía en ti, pero intenta suavizar lo que te ha dicho antes para que no la dejes tirada, es aún peor que el insulto anterior, porque lo agrava aún más.

Después está el autoritarismo. Que no digo yo que jefe y empleado tengan que tener una relación amistosa, nada más lejos de mi intención. Pero sí una relación lo suficientemente cordial como para que ambos se sientan cómodos. Yo nunca he entendido el trabajo como un lugar donde estar absolutamente tenso, sin saber bien a qué tocar o qué hacer, porque estás tan nerviosa que, al final, te vuelves completamente torpe.

Hay muchas cosas más, pero vamos a dejarlo aquí. Más adelante, tal vez.

En el caso de este trabajo, me he encontrado con cosas que no había visto en mi vida. Pase que no soporten la presencia de su propio hijo, pase que sean raros de cojones, pase que te hagan según qué cosas… pasen muchas cosas, pero lo que no pasa es que el trabajar para esas personas acabe por ponerte enferma. Eso es lo último.

Y, lo peor, la gente es cada vez más irrespetuosa, más borde y maleducada… y el trabajador sabe que, si pierde un trabajo, tarde podrá meterse en otro tal y como están las cosas, así que aguanta, aguanta, aguanta y aguanta… y los que pagan abusan, abusan, abusan y abusan…

Novelas en veinte días, ¿en serio?

 

Rara vez uso las redes sociales para otra cosa que no sea usar los privados o compartir cosas en mi muro. No comento (por tanto no me comentan y me la suda, por muy mal que suene) y tampoco suelo leer lo que otros suben. No tengo tiempo ni ganas y, la verdad, no me interesa el color del zurullo que Fulanito soltó después de comer. Porque no, porque me niego a engancharme de nuevo. Pero, de vez en cuando, entro y a veces destacan algunas cosas como, por ejemplo, que una pseudo escritora diga, con el mismo orgullo que un escalador cojo que corona el Everest, que ha escrito una novela en veinte días.

Esperad, que me parto un rato y vuelvo.

Vale, ya me he secado las lágrimas de la risa y trataré de tomarme el tema como corresponde: a cachondeo.

Vamos a empezar diciendo que la entrada se divide en dos partes: las novelas escritas en veinte días y los booktrailer que las acompañan.

Empecemos por las novelas.

A ver, ¿es posible escribir una novela en veinte días? No. Es posible escribir una historia en veinte días o, si me apuras, el esqueleto de una novela. Pero, ¿una novela? No, imposible. Las novelas requieren de una preparación previa, de un trabajo posterior que, la mayor parte de las veces, supone mucho más tiempo y trabajo que el escribir la novela. Así que, queridos escritores de veinte días, lo vuestro no es una novela, es una mierda pinchada en un palo. Así de claro. Que no dudo que habrá gente con talento a raudales que tiene la capacidad de escribir una novela en diez días, pero son los menos. Uno de cada mil, me atrevería a decir.

Pero claro, cuando les dices que tú tardas meses (o años) en escribir una, te dan una palmadita en la espalda con condescendencia y te dicen: «algún día lo conseguirás». La primera reacción que tienes es la de quedarte como si fueses parte de la estepa siberiana: congelada. La segunda es un: «¡no me jodas, petarda!» en toda regla. Pero, como eres políticamente correcta, estampas una sonrisa en tu rostro y te encoges de hombros, porque no puedes (ni debes) decir lo que piensas. No es correcto y no debes hacerte enemigos en este mundillo. Mas luego piensas: «¡Qué coño! Ni que fuesen Carmen Posadas, si ni siquiera me interesan sus novelas!». Pero ya es tarde. Has sonreído y le has permitido creer que es Shakespeare reencarnado, pero con tetas y… se entiende, ¿no?

Bueno, a lo que iba, que se me va la olla.

Tú, que tratas de ser benevolente (jajajaja, me parto…), te descargas su novela (descarga gratuita, que los cuartos te los gastas en gente que sabe escribir) y ves que el primer capítulo ocupa tres o cuatro párrafos y comienza el delirio. ¿Qué? ¿Te atreves a darme consejos escribiendo con faltas ortográficas graves y con una ausencia total de conocimientos sobre gramática? (Vale, te descargas la novela con intención de pasarte la benevolencia por el forro de los mismísimos, así que ves todos los defectos que hay). Te encuentras con una novela sin una estructura clara, con un argumento sacado de una película… no, perdón, prácticamente plagiado de un film, con faltas de ortografía, diálogos pesados, sin sentido y que se te atascan cada dos por tres. Y,como no, mi personaje favorito: el malo malísimo. Es taaaaaaaaaaaaaaaaan malo, que te descojonas con él. No hay humanidad, no lo mueven ni los celos, ni un afán de posesión enfermizo, ni nada de nada, sólo el deseo de hacer mal. A estos los llamo yo «malos de anime del malo». Los personajes de la novela son planos, no evolucionan ni tienen nada particularmente interesante, no hay nada que los haga cercanos, humanos. No. Son unos memos insoportables. Y lo peor, que no tienen una personalidad definida y cambian igual que cambia el viento. Ahora soy majete que te cagas, y ahora soy un cabrón que no me soporto ni yo… Vamos, que es como una montaña rusa, y no de emociones, precisamente.

Pero la cosa no acaba aquí, no, porque a estas novelas de veinte días, las acompañan los book trailer de una hora. Vale, de dos horas. Bueeeeeno… si la escritora en cuestión es un poco zopenca, le puede llevar una tarde sumergirse en los entresijos del Windows Movie Maker, que ya sabemos que es súper mega complicado. Estos vídeos no son promociones, son películas: largos, tediosos y, en lugar de aportarte pinceladas sobre la historia, te meten una sinopsis en toda regla. Jamía, para eso mete la novela en los cinco minutos que dura el esperpento ese. Total, no es que tenga mucha más chicha, ¿no?

La selección de imágenes es exactamente igual que la musical: un esperpento. La calidad es distinta, mezclan siglos, años, épocas… y acabas pensando que la novela es de viajes en el tiempo. Que he visto uno en el que pasaban de la mitad del siglo XVIII a principios del XIX con una alegría pasmosa sólo porque era la misma actriz. Te encuentras con distintos tonos, porque la fotografía de las películas elegidas es diferente, con distintas calidades (que van de HD a no se sabe qué)… y ni se molestan en solucionarlo.

Señoras, hay muchos programas de edición de vídeos, ¿saben? Son complicadillos, pero si mezclan unos con otros quizá consigan hacer algo decente.

Y la música… escuchar a Jared Leto dejándose sus poco dotadas cuerdas vocales en alguna de sus pegadizas canciones, mientras un actor trata de mostrarnos una historia que no nos cuela…

O eso, o música instrumental que le da un tufillo a cutrez al vídeo que tira para atrás.

La gente olvida que ese vídeo será la presentación de su novela y, por desgracia, ni siquiera se molestan en mejorar y cometen el mismo error una y otra, y otra, y otra… y otra vez. Entiendo que se dejen llevar por la emoción, pero hay que tener más cuidado con esas cosas porque, si el vídeo no cuela… la novela menos.

Pero yo, que soy así de ingenua, me niego a ver que todo esto es algo que se está convirtiendo en un tsunami: todos escriben, todos hacen vídeos y todos se consideran poco menos que Cervantes…

Sigo manteniendo la esperanza, igual que Diego Torres.

Y ojo, que yo soy de las que opinan que cualquiera que quiera o sienta el deseo de escribir debe hacerlo, pero respetando lo que hacen, respetando a los lectores y, sobre todo, amando y respetando las letras. No creo que el mundo de los escritores deba ser un club exclusivo de difícil acceso, pero coño, lo que está sucediendo hoy en día me parece una puñetera tomadura de pelo. Pero, al final, son los lectores quienes mandan y, pensando en eso… bueno, es obvio que tienen lo que se merecen: a una panda de escritores/as que se cachondean de ellos publicando basura que vomitan en veinte días mientras escriben más basura en otros veinte días. Si el lector lo compra, poco se puede hacer para que estos pseudo escritores respeten lo que hacen y evitar que sus egos engorden y se queden estancados en un estilo de escritura porque, total, como vende…

 

 

 

 

Sobre nosotras

 

 

Llevo un buen rato buscando la forma de comenzar esto. Algo así como: «hola, me llamo Etunjour», «buenas, estamos aquí para…». Pero nada que las palabras no salen. Intenté hacerlo de varias formas, pero no hay manera. El primer post es, sin duda, el peor porque, si no te presentas, mal asunto. Si te presentas y suenas demasiado pedante, peor… así que, ¿cómo empiezas?

Sí, sí, lo sé, soy un desastre. Así que, acogiéndome a mi capacidad para ser un puñetero desastre en cualquier situación, voy a empezar a saco y, al mismo tiempo, presentarme. Luego le cederé la palabra a Unefemme, que anda perdida en el limbo de los tíos buenos cuasi perfectos, porque los tíos buenos terrenales no nos interesan. Están buenos, pero son gilipollas. Y, si no lo son, acabarán siéndolo, no en vano son hombres.

¿Que mis palabras dan a entender que este es un blog feminista?No, no lo es. Es un blog de dos mujeres hartas de ser consideradas, educadas y tragarse las tonterías de los demás por mantener la paz. Unefemme y yo hemos decidido crear este espacio para decir aquellas cosas que no podemos decir habitualmente porque, sorprendentemente, la sinceridad está mal vista. Sí, sí, todo el mundo la valora muchísimo, pero nadie la soporta.

La verdad es que por nuestro carácter apacible (que no tiene nada que ver con si de cuando en cuando sacamos el genio o la mala leche) estamos bastante atadas y necesitamos soltar lo que nos corroe porque nuestra salud nos lo pide. Y, como en nuestro día a día no podemos hacerlo con frecuencia, tendremos que buscar hacerlo en algún lugar y, francamente, un psicólogo nos sale bastante más caro.

Y para finalizar mi perorata, me presento: yo soy Etunjour, tengo taitantos años, licenciada en algo que no interesa, escritora a ratos libres y terca como una mula. Espero que nos llevemos bien. Y, ahora, os dejo con Unefemme, si consigo arrancarla de los brazos del maromo cuasi ideal que se ha ligado.

Me ha costado lo mío salirme de los brazos del maromo de turno, pero aquí estoy. Lo cierto es que no sé ni por dónde empezar: Etunjour lo ha explicado todo perfectamente. Quizá pudiera ponerme poética, de vez en cuando me viene esa vena, pero lo cierto es que esto es para conocernos, no para volveros locos con mis cosas. Como ya bien ha dicho Etunjour este es un lugar para decir todo aquello que se nos pasa por la cabeza y que por una u otra razón no decimos de forma habitual.

Todo el mundo necesita un lugar donde expresarse libremente, un lugar donde sentirse como en casa y poder hablar con sinceridad. No nos engañemos, no hay muchos de estos lugares ni personas dispuestas a escuchar. Vivimos en un mundo extremadamente individualista. Y con total sinceridad: ¿alguien nos va a leer o vamos a enviar nuestras palabras al espacio sin más?. Respondiéndome a mi misma: ni lo sé ni me importa.

Cuando comenzamos a hablar de este proyecto, en un primer momento me planteé: ¿tendré tiempo?. Todos tenemos vida, miles cosas que hacer y los años en los que podíamos estar a todas horas por la red han pasado ya hace tiempo a la historia. Pero Etunjour me dijo algo: estamos aquí para divertirnos, no para agobiarnos. Así que sin presiones, sin marcanos fechas, solo escribiendo y diviertiéndonos en el proceso es la razón por la que estamos hoy aquí. Como podréis ver si al final alguien nos lee, mis tiempos serán relajados, quizá en un mes escriba varias veces, mientras que me pase varios sin hacerlo. No siempre se tiene el mismo tiempo o la misma inspiración.

Creo que me ha enrollado ya bastante. Soy Unefemme, diría que tengo algo de escritora pero lo cierto es que la hoja en blanco me da pánico, podría añadir que soy una lectora compulsiva pero hace demasiado que no tengo tiempo para disfrutar de ese vicio, añadiría que vivo más en otros mundos que en el mío la mayoría del tiempo y que eso hace que mi mente vaya más rápido que mis dedos tecleando o mi lengua hablando. Lo salpicamos todo con demasiada paciencia y con mucha preocupación por los demás, y quizá tengáis una pequeña idea de qué podéis esperar de mi. Ah, y sin olvidarnos que soy cabezota en extremo, despistada como la que más y, aunque intento controlarlo, de vez en cuando no puedo evitar que el cinismo o el sarcasmo se filtre en lo que escribo.

Y hasta aquí esta pequeña entrada de introducción, que ya no es la primera del blog, pero que de todas formas había que hacerla. Muchas gracias por leernos y espero que nos llevemos bien por este rincón que espero que se convierta en un hogar.



Las mujeres de mi vida

Minientrada

Anoche, mientras buscaba unas fotografías, encontré una de mi abuela paterna. No es que haya tenido mucha relación con ella (culpa suya, no mía), pero sí el suficiente como para, con el paso de los años, reconocer a una mujer dura, ruda, fuerte. Rasgos que comparte con mi abuela materna. Ambas son mujeres que se curtieron en una época terrible, donde no había nada que llevarse a la boca y tenían que alimentar a sus hijos. Mi abuela materna, a pesar de todo, fue más afortunada. Ella vivió en Suiza muchos años y criar a un hijo allí, en lugar de en plena posguerra, era otra cosa. Además, ella tenía sólo dos hijas, mientras que mi abuela tenía ocho (contando como tal al sobrino que crió). Todos varones, excepto una niña con síndrome de Down que falleció. Mi abuelo provenía de una buena casa, de gente con tierras y dinero que le dio la espalda (o a quienes él dio la espalda), no lo sé. Porque de él se sabe poco. Era un hombre callado que disfrutaba de tener a su familia alrededor, que estaba sentado en una esquina de la mesa de la cocina y no abría la boca, pero cuando mi hermano y yo nos acercábamos a darle un beso (los únicos de sus trece nietos que teníamos esa deferencia con él), se inclinaba con un gesto de felicidad en el rostro que decía más que las palabras. Era un buen hombre, un señor que, en aquella época, aceptó a una mujer que traía ya un niño consigo y al que crió como si fuese su hijo.

En el rostro de mi abuela paterna se reflejan el dolor, las penurias y la fortaleza. Pero no es una fortaleza natural, no. Es esa fortaleza a la que te aferras por obligación. El tipo de fortaleza que las mujeres de hoy no poseen.

Nunca me había fijado en la dureza de su rostro hasta anoche, porque la vi rodeada de sus hijos. Bueno, de todos no. Faltaba el mayor (el que tuvo de soltera), fallecido hacía tiempo a causa del cáncer y tampoco estaba el sobrino al que crió que, probablemente, estaría fuera.

Esta abuela no pudo darle estudios a sus hijos y tuvo que enviarlos a trabajar siendo todavía niños, pero los educó bien y a todos les dio un oficio. Es decir, todos son muy educados y, además, nunca diferenciaron al sobrino ni al bastardo (la palabra suena mal, pero es lo que hay), considerándolos como hermanos. De hecho, cuando murió el sobrino, mis tíos y mi padre se hicieron cargo del funeral, ya que él no tenía dinero.

Yo quería mucho a ese hombre. Él y su segunda esposa también nos querían mucho a nosotros.

No puedo ni imaginar lo dura que habrá sido la vida para mi abuela. Vamos a llamarla J.

J. era una mujer de campo. Provenía de una aldea remota y creció con el estigma de ser hija de soltera. Se fue a la capital muy joven para trabajar y buscar un futuro mejor, pero acabó con un hijo de soltera, un sobrino, un marido y seis críos más (no cuento a la niña que murió y que debió de ser el juguete de sus hermanos). En aquella época lo mejor que pudo pasarle a la niña fue morir, ya que para mi abuela era una carga, no había dinero, apenas alcanzaba la comida, había que trabajar mucho y no había los medios que hay ahora para criar a los niños (y ahora se quejan…).

Yo supongo que el matrimonio acabó siendo como todos los matrimonios del mundo a lo largo de los siglos: se fue deteriorando poco a poco. Probablemente mi abuelo se arrepintió toda la vida de haber abandonado las comodidades de las que disfrutaba antes por las penurias que sufría ahora. Y, probablemente también, ella acabó hasta el gorro de tanto hijo. Porque con los hijos vinieron las novias, las nueras, los nietos…

A J. no le gustaba mi madre. Ella acababa de llegar de Suiza y era una niña fina, educada en el prestigioso Institut Le Rosey de Suiza. Además, era una niña (tenía 15 años cuando conoció a mi padre y 16 cuando se casó). Supongo que a J le incordiaba una mujer que tenía más o menos la edad de su hijo más pequeño y que no estaba acostumbrada a trabajos duros. Y, a la familia de mi madre no le gustaba la de mi padre por las mismas razones. Quizá por eso las dos familias nunca se reunieron.

Una pena.

J. murió de cirrosis. Sí. Le gustaba el vino. Supongo que era una forma de olvidar las penurias y amarguras, la insatisfacción y lo dura que fue su vida hasta el final.

Yo no recuerdo con especial afecto a J. De hecho, mi hermano y yo fuimos expulsados de su vida hasta el final, incluso cuando estaba a punto de morir. Ni siquiera se nos permitió verla.

J. vivió siendo una mujer dura hasta su último aliento.

Mi abuela materna, a la que vamos a llamar A., es harina de otro costal.

A. también es una mujer de campo. Nació en una remota aldea a la que había difícil acceso y en la que todos son parientes y llevan los mismos apellidos cambiando el orden. Así están los C. y los M. diseminados por toda la comarca.

A. tenía muchos hermanos y una madre muy avanzada para su época. Provenía de una buena casa, aunque entre la guerra y otros desastres, la casa se quedó en nada. Pasaron hambre, pero todos tenían un carácter y una forma de afrontar las cosas muy diferente de, por ejemplo, J. En casa de A. había chicos y chicas y, aunque quedaron huérfanos muy pronto, supieron salir adelante gracias al esfuerzo de los mayores. Además, eran varias hermanas e imaginaos lo que es eso cuando se llevan muy pocos años.

A. iba a fiestas como cualquier chica de su edad. Iban calzadas con zapatillas y, cuando se acercaban al lugar de la verbena, se ponían los zapatos de tacón que tenían reservadísimos, dejaban las zapatillas entre los matorrales y allá se iban, con la raya de las medias bien pintada (no había dinero para comprarlas). Uno de mis mejores recuerdos de la infancia es cuando mi abuela, reunida con sus hermanas después de la cena, contaba cómo se subía un poquito la falda para enseñarle al chico que le gustaba la raya de sus inexistentes medias y, como no, un poquito de pierna para mostrar interés.

Sin embargo, acabaría casándose con un chico de buena familia con el que se carteaba gracias a su hermano, que casó a todas las hermanas, amigos, primos y… estuvo a punto de quedarse soltero por tanto empeño que ponía en casar a los demás.

De A. si conozco su vida, cómo conoció a mi abuelo, cómo vivió con él y el tipo de matrimonio que tienen. Se llevan a matar a veces, pero no pueden estar el uno sin el otro. Son de esas parejas que no podrían estar el uno sin el otro.

Las hermanas de mi abuela fueron también una gran influencia en mi vida. Al menos las que no emigraron a Argentina y Uruguay. Mis recuerdos de infancia y pre adolescencia, incluso de adolescencia, están marcados por ellas. Todas ellas. Sus historias, sus risas, sus recuerdos…

Otra gran mujer que tuvo una gran influencia en mi vida, es mi bisabuela, la abuela paterna de mi madre. Murió hace un par de años después de más de un siglo de vida. Vamos a llamarla C.

C. es el ejemplo de la mujer de campo dura, fuerte. Casada con un niño bien, su vida no fue demasiado fácil. Trabajadora como pocas, su bebida favorita era el café y su alimento preferido el café con leche. Tuvo cuatro hijos y, a una edad muy avanzada, perdió a uno de ellos. Falleció de un ataque al corazón.

C. estaba casada no sólo con un niño bien, sino que además era rojo y, para colmo, le iban mucho las faldas. Mi bisabuelo (a quien llamaremos D) ocultaba a esos que vivían en el monte y sus huesos dieron en la cárcel más de una vez, así que C., que odiaba a los curas (y así fue toda su vida), hacía de tripas corazón e iba a pedirle el favor al cura para que le sacase al marido de la cárcel. Creo que prefería dejar a D. en la cárcel antes que acercarse al cura, pero por sus hijos…

C. era como una hormiguita, súper hacendosa, siempre trabajando. La casa, casi la construyó ella sola, cargando el material y todo. Yo no la recuerdo jamás estando quieta. A D. sí, ya que nos cogía a mi hermano y a mí en el regazo, mientras ella iba y venía haciendo siempre algo.

Pero C. era una mujer muy avanzada para su tiempo y, también, siempre andaba muy arregladita. De hecho, la peluquera iba a su casa a hacerle la permanente. No la recuerdo despeinada jamás, a pesar de trabajar como una leona. Porque además del trabajo de campo, tenían una cantina que llevaba mi abuelo. Allí vendían cosas que mucha gente ni siquiera podía encontrar en otros lugares.

Hay otra mujer importantísima en mi vida, luchadora como sus antecesoras: mi madre. Pero ella ya tendrá su entrada en algún momento.

Como veis, crecí rodeada de mujeres fuertes, duras, con una fortaleza increíble y a las que les debo mucho. No importa si con J no tuve la relación que me habría gustado tener, porque de un modo u otro ha influido en mi vida como las demás.

Cuando echo la vista atrás y pienso en ellas, me doy cuenta de que nos hemos vuelto unas blandengues. No tenemos ni la mitad del coraje que ellas.

Si miras a tu alrededor verás a mujeres «estresadísimas» porque tienen que atender a los niños y el trabajo. Y me pregunto cómo estarían si tuviesen que trabajar en el campo, criar seis, siete u ocho niños (incluso más) y seguir viviendo. Desde luego, a estas mujeres les debemos las comodidades de hoy en día, les debemos lo que somos ahora y lo que nuestros hijos serán en el futuro.

Así que, mujeres que leáis esto, mirad a vuestras madres, abuelas, bisabuelas, tías y tías abuelas y observad su rostro, porque éste os contará la historia de su vida.


Etunjour